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Camposanto - Inmortal y Reclamo

Por Javier Redondo Jordán (www.redondojordan.com)


Cuando se inauguró, en los albores del siglo XIX, nadie recordaba ya por qué se llamaba así. Nadie sabía que antes que camposanto había sido viña, y que hasta allí peregrinaban todos los obispos de París para abastecerse de vino para las comuniones. Con el tiempo la finca les sería donada a los jesuitas, y su administrador más célebre, el Padre François d’Aix de la Chaize, confesor de Luis XIV durante treinta y cuatro años, terminó utilizándola de picadero. Las correrías y los lances amatorios del Padre Lachaise son proverbiales, y quién sabe si hoy su fama no estaría a la altura de la de Casanova si hubiera empleado su vejez en escribir la historia de su vida, como más tarde haría el aventurero italiano.


    Los privilegios con que los reyes del Ancien Régime compraban la complicidad del clero mantuvieron la loma virgen, fresca y roturada hasta que la turba arrasó Versalles. No sólo se conformaron los revolucionarios con sembrar los palacios reales de devastación, sino que aniquilaron también los cementerios de la nobleza, que se perdieron bajo la ceniza y las ruinas de su esplendor de antaño, y con la tierra removida las cabezas de los grandes nombres que un día habitaran las estancias de las casas señoriales, separadas para siempre de sus cuerpos en fosas comunes anónimas. Fue entonces cuando se pensó en aquella vieja hacienda de retiro a las afueras de París como ubicación óptima para el nuevo Cementerio del Este. Así, sin pretender la metáfora siquiera, el nuevo orden saqueaba las mansiones del antiguo para rendir su botín ante dioses de reciente cuño con pies de barro, y cubría su memoria del pasado bajo paladas de tierra sin epitafio.


Sin embargo, Père Lachaise quedaba un poco retirado del núcleo urbano de entonces, por lo que los ciudadanos de París evitaban dar sepultura a sus muertos en aquella colina apartada. No tardó demasiado en empezar a concentrarse un excedente de tumbas en Montmartre, Montparnasse y Passy, mientras que la falda del viejo viñedo al este de la ciudad permanecía inmaculada. Las autoridades, de ese modo, se vieron obligadas a tomar una determinación. No se les ocurrió disparate mayor que exhumar los mausoleos de dos ilustres peanas del santoral francés como Molière y La Fontaine, y trasladarlos a Père Lachaise, con la convicción de que de esta manera atraerían el interés de la gente hasta allí para enterrarse junto al dramaturgo y el fabulista. Y acertaron. Cuando los tiempos han perdido la cabeza, las apuestas absurdas siempre obtienen premio. Hicieron lo mismo con el sarcófago del sabio Abelardo y Eloísa, los Romeo y Julieta parisinos, para así captar también los amores fatales de las parejas románticas. Luego Balzac ambientaría una escena clave de su novela Papá Goriot en el nuevo camposanto y terminó de redondear la jugada.


De la noche a la mañana comenzaron a menudear los funerales y pronto podrían verse a diario, a lo largo de toda la extensión que la altura de Père Lachaise dominaba, largas hileras negras de dolientes andar el camino que ascendía desde París hasta el cementerio. Todo el mundo quería su tumba en Père Lachaise ahora. Entre tanto, las parras eran sustituidas por criptas y se levantaban árboles de granito. Cumplido su propósito, los administradores subieron los precios de las parcelas de tierra, y el viñedo del Antiguo Régimen volvió a ser lo que en tiempos era: un lugar de retiro exclusivo para las clases altas. Sólo que esta vez el retiro era eterno, aunque en algunos casos no del todo definitivo.


También el nombre de Balzac, que había introducido el enclave en el territorio imaginario del pueblo, terminó figurando entre las piedras grabadas de Père Lachaise, sobre el frontal de un monumento rematado por un imponente busto del escritor. Hubo un tiempo en que desde allí, junto a su efigie, podían verse los tejados, las buhardillas y los viejos mercados de París cuando la ciudad se extendía a lo largo y ancho del panorama como una ensoñación concebida en la mente de Renoir, antes de que el tiempo de los modernistas alzara las plantas de los edificios para ocultar la luz de La Ville Lumière que había inspirado al impresionismo.


Asombra verdaderamente la capacidad de atracción que la capital francesa ha poseído siempre para los melancólicos que notaban cómo la muerte les iba carcomiendo el alma. Uno de los monumentos más delicados de Père Lachaise es el mausoleo de Chopin, formado por un medallón con su perfil en relieve y una ninfa de mármol pálido que parece haberse quedado dormida en pleno llanto. Es célebre su relación tormentosa con la escritora George Sand, nom de plume de Aurore Dudevant, y la inestabilidad emocional que provocó en la vida del compositor. Príncipe del spleen, hacia el final de sus días había huido de la influencia insana de su musa para refugiarse en una gira inútil por el Reino Unido que minó su de por sí quebradiza salud y su voluntad de sobrevivir por mucho más tiempo. Tomó la decisión de regresar a París por no morir en una ciudad tan triste, con tanta bruma y polvo de carbón. Cuando Sand fue a visitarle en su agonía, Ludowika, la hermana de Chopin, entendió el gesto como una perfidia obscena y no le permitió la entrada. Así, el pianista murió a los treinta y nueve años sin despedirse de la mujer que durante tanto tiempo le había clavado la daga en el pecho mientras le besaba la frente, acunándolo en su regazo. Justo antes de enterrarlo, alguien sustrajo el corazón de Chopin, y dicen que se guarda en la actualidad en el interior de un pilar de la Iglesia de Santa Cruz de Varsovia, cerca del pueblo que vio nacer al músico. Sin embargo, creo yo que tal vez habría que buscar ese corazón robado no en el interior de un templo de la capital polaca, sino en Francia, en la tumba de aquella mujer que se hacía llamar George Sand, bajo el jardín de su casa en la aldea de Nohant-Vic.


Cerca del mausoleo de Chopin, a una altura intermedia en la bajada de la colina, permanecen aún los sarcófagos originales de Molière, La Fontaine, Abelardo y Eloísa, rodeados de criptas blancas. En el caso de Molière, éste de Père Lachaise es el tercer destino en el que han reposado sus huesos. Antes lo hicieron en Saint Joseph, en la zona reservada a los suicidas y a los niños paganos, y más tarde en el Museo de los Monumentos Franceses. La legislación no permitía entonces, en la Francia de finales del siglo XVII, que los actores recibieran sepultura en la tierra santa de un cementerio. Días antes, la enfermedad de Molière concebida en letra impresa adquirió de súbito tintes de realidad en escena mientras representaba El enfermo imaginario, y a duras penas, entre toses que manchaban de rojo su camisón amarillo, pudo terminar su actuación vespertina. Mientras se cerraba el telón, sin embargo, el auditorio ya había contemplado el rostro de la muerte esbozado en los rasgos del escritor, que sucumbiría bajo su gélido abrazo escasas horas después. Prohibido su funeral por ley, su cuerpo permaneció insepulto tres días hasta que el arzobispo de París, por complacer al Rey Sol, admirador confeso de Molière, permitió el enterramiento. El funeral, no obstante, se llevó a cabo a las nueve de la noche y sin aparato ninguno por orden del arzobispado. Entre los asistentes figuraban amistades del dramaturgo como Mignard, Boileau y La Fontaine, quien sin saberlo acabaría de reclamo funerario y vecino en Père Lachaise del amigo cuyo ataúd llevaba a hombros en aquel momento.


No hay seguridad de que los restos en el interior sean auténticos en sepulturas tan antiguas y asendereadas. Durante la Revolución, algunos sabios republicanos decidieron fundir los huesos de los prohombres franceses muertos con la intención de fabricar copas consagradas a las honras populares. En el Museo de Cluny, valga el ejemplo, se conserva, entre los pocos despojos que pudieron salvarse de la locura revolucionaria, una mandíbula etiquetada como perteneciente a La Fontaine, quizá la única reliquia entre las suyas que ha sobrevivido.


Poco importa, en cualquier caso, pues en el transcurso de las sucesivas exhumaciones los cuerpos poco a poco habrán ido volviéndose ceniza que lleva el viento.


Ambas sepulturas, las de Molière y La Fontaine, viejos amigos en vida y en la perennidad de la piedra, reposan sobre una terraza que recibe la luz mortecina entre las ramas desnudas de los sauces. Las dos descansan en alto sobre columnatas, flanqueándose la una a la otra, separadas del abrigo de la tierra en un estado de provisionalidad perpetua, como dispuestas para otro traslado repentino si a París le surgiera la necesidad.


(Extracto del libro Las ciudades de la luz, de próxima aparición)





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Edita: Islamorada ediciones
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