En estos tiempos de crisis económica en que el número de desempleados se incrementa a una velocidad aterradora, trabajo se ha vuelto una palabra valiosa, deseada, temida y poderosa. Hay muchos dichos sobre el trabajo con connotaciones antiguas y recias –e.g. El trabajo dignifica al hombre –, mientras que otros tienen terribles asociaciones –Arbeit macht frei –. Pero el trabajo lo único que nos trae es bueno.
El trabajo hizo del mono un homo sapiens sapiens. El trabajo y el talento. No hay perfección ni exquisitez sin trabajo. La belleza creada por el humano nunca será extraordinaria si no ha sido precedida por horas y horas de trabajo. Esto lo sabían bien los maestros albañiles que construían las catedrales góticas, y los pintores que pintaban los murales en las iglesias; esto lo sabía bien Giotto, que antes de estudiar con Cimabue, pintó y pintó en las rocas y en la arena mientras pastoreaba las ovejas de su padre; y esto se lo sabía al dedillo cualquiera de los grandes músicos clásicos que nos han dejado esas maravillosas obras que por unos momentos nos consuelan de las penurias de esta vida.
Pero hoy día, la gran mayoría de los artistas con éxito lo ignoran; y quizás no sea del todo por su culpa, sino por la de los comisarios, críticos, productores y editores que elevan y promueven el trabajo de unos artistas que lo único que saben producir es mediocridad, por falta, no sólo de sustancia y esencia en su intelecto y su alma, sino sobre todo por falta de años y años de práctica y trabajo; dense un paseo por las galerías de arte, las bienales, las librerías, las radios y los cines para constatar que los que manejan el cotarro premian la pereza. La escasez de trabajo, o sea de esfuerzo, siempre asegurará un resultado banal; el talento solo no basta; la práctica hace al maestro; y la práctica es sinónimo de trabajo.
Vivimos tiempos en los que el ocio se ha vuelto la obsesión del ciudadano común, y el ideal es no trabajar y vivir del cuento. La decadencia se hace con nuestra sociedad, la educación en los hogares y las escuelas se afloja, y el homo sapiens sapiens se olvida del placer que produce ver que el esfuerzo incansable, duro y feroz produce un resultado excelente e inigualable.
Se idolatra la juventud –‘Fulano publica su primera novela a los dieciocho años’; ‘Mengana debuta en los escenarios con quince años’ – y se ignora activamente que la juventud es tonta y necia, y que la falta de entrenamiento, práctica y trabajo no puede dar si no resultados vulgares y aburridos.
Día tras día nos hundimos más profundamente en el lodo de un mundo mediocre, feo y deprimente en el que predomina la ley de la pereza y la necedad; y los productos de la mente y del esfuerzo humanos se asemejan más y más a los desordenados objetos que podemos encontrar en los vertederos de la ciudad.
El talento es débil y vacuo sin trabajo; y si no estamos dispuestos a dejarnos el pellejo en el proceso –con paciencia y pasión –, nunca crearemos nada digno de respeto y admiración.
Edita: Islamorada ediciones
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