Uno frente a otro, debajo de un puente que cruza una transitada calle, una cualquiera cercana a la redacción de Los Ángeles Times, Nathaniel Ayers (Jaime Foxx: convincente sin forzar nada en su locura músico-vital ) y Steve Lopez (Robert Downey Jr.: más creíble aún en su escepticismo) suspenden el tiempo fundidos en unas notas salidas de un violonchelo. A su lado queda el trasiego, el ruido y el tráfico diario. Basta con ese fotograma para entender lo que sucede entre ambos personajes: la soledad y las miserias de cada uno desaparecen para dejar paso a la belleza. Belleza y podredumbre son descritas con inusitada maestría y verosimilitud por el director Joe Wright. No hay impostación, ni amaneramiento, ni sensiblería en su discurso, sí humanidad. El cine americano, tan denostado por muchos, vuelve a demostrarnos su poder para contar historias sencillas sin retórica alguna, llegando a la médula de los sentimientos sin falso dramatismo, ni atajos ni trampas de estilo.
Wright no ejerce de nuevo Capra, ni siquiera como el Lawrence Kasdan de Grand Canyon, aunque su intención contenga la bondad y la solidaridad que caracterizan a autor y a obra. Los tiempos son otros. Pese a tomar una historia real (periodista y músico se conocieron en 2005) llevada a las páginas impresas del periódico de López (como se cuenta en la película), el cineasta logra eludir la frialdad efímera del tratamiento periodístico y la ficción novelada apoyado en el excelente guión de Susannah Grant. La historia es contada con la agilidad que ha caracterizado siempre a la mejor literatura americana, aquélla que describe a sus personajes desde los hechos, desde la acción narrativa, no desde la reflexión inducida. Reconocido por sus retratos de época ambientados en Inglaterra (Expiación, Orgullo y Prejuicio), Wright aterriza en la vida real de una gran ciudad, en sus miserias y frustraciones, en vidas truncadas e infelices por distintos motivos: la soledad de un periodista con fracaso matrimonial e hijo a cuestas que no acaba de entender su posición y la enfermedad mental que le sobreviene a un genio musical abandonado a su destino errante.
López tropieza y cae de la bicicleta (San Pablo del caballo antes de ver la Luz). Parece una señal. Busca historias interesantes que contar en su columna, pero no haya inspiración hasta que da con Nathaniel Ayers, un tipo que arrastra un carrito como única propiedad material y sentimental. Toca un violín con sólo dos cuerdas bajo una estatua de Beethoven y, según acierta a decir entredientes, un pasado prometedor en la prestigiosa Julliard School of Music de Nueva York. A partir de ahí, renglón a renglón, momento a momento compartido, sus vidas quedan unidas por el sonido redentor de un violonchelo que tanto da luz al presente como (estupendos los flashbacks) a un pasado de esquizofrenia que separa a Nathaniel de la lucidez, de su carrera y del único vínculo familiar: su hermana.
Frente a frente, el primer mundo (la arquitectura de Frank Gehry) y la miseria (hacinamiento en lugares de acogida). López descubre no una historia sino miles de ellas en los sin techo que habitan Los Ángeles, en su propia “espalda del mundo”. Tiene que tomar partido, nunca lo hizo, ni con su hijo ni con su ex mujer. Pero debe hacerlo con mucho cuidado, no se puede ayudar a alguien si éste no quiere ser ayudado, por las razones o, mejor, sinrazones que sean. La fragilidad de Nathaniel pondrá a prueba su capacidad de amistad y a sí mismo, al tiempo que el compromiso le rescatará de la soledad y del desánimo.
La música detiene el tiempo debajo de un puente, entre el ruido de fondo que inunda las grandes ciudades y que hace invisibles a quienes las habitan.
Por Jesús Gonzalo
Edita: Islamorada ediciones
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