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Poder

El poder ya es tema de importancia para los niños, y desde que son muy pequeños y están en las guarderías, se forman crueles juegos de poder en los que, el que a base de violencia y carisma llega al poder manda, mientras que los demás (los débiles) se someten a su voluntad (siempre hay alguno que se escabulle del juego, y queda tranquilo apartado en el límite del territorio conquistado). Probablemente el poder sea lo que más ansíen los seres humanos, quizás los varones más que las hembras –aunque al escribir esto arriesgo a que recaiga sobre mí la ira de ciertos filósofos que me dicen que desde el punto de vista ideológico no hay diferencias ontológicas entre macho y hembra, aunque desde el punto biológico, evolutivo, psicológico, psiquiátrico, médico y neurológico desde luego que sí las hay y están bien probadas empíricamente –, bien, a pesar del peligro que corro, me atrevo a escribir lo que he escrito y continúo.


Al ver documentales de naturaleza me encuentro constantemente con la lucha de los machos por el poder sobre las hembras y el territorio que promete el sustento. Muy básica la existencia de los animales (y un poco repugnante, sobre todo el elefante marino monstruoso acosando a las hembras por hacerse con un colosal harén de hembritas, enanas comparadas con él, a las que fecundar con su poderoso semen).


    El homo sapiens sapiens es un ser asombroso; es un animal que ya no lo parece; pero si uno quiere ver las similitudes entre humanos, perros, gatos y monos (por nombrar algunos animales) les aconsejo que observen muy de cerca la evolución de los bebés, porque entonces se darán cuenta de que realmente somos animales; primero el bebé es una ratita, un gatito o un perrito (observen los movimientos de la mano en el pecho de la madre al mamar); más adelante se convierte en un mono (realicen el clásico test de las galletas en el bote de cristal con la boca tan estrecha que la mano entra sin problemas al estar distendida, pero que ya no sale cuando el puño aferra la galleta); hasta que una vez que empiece a hablar, habrá dejado atrás –si no del todo, casi – a sus compañeros mamíferos menos racionales.


    Pero el poder, el poder siempre sigue ahí, omnipresente, impulsando todos los actos del homo sapiens sapiens, o casi todos. La voraz hambre de poder (y ¡oh, tan cansina!)


    La Iglesia Cristiana es la más grande institución promovida y sostenida por el hambre feroz de poder –y la más exitosa sin duda alguna –; y el Islam no le tiene nada que envidiar. Los hombres de gobierno desde que occidente se organizó también han sufrido de este terrible apetito. Los hombres de negocios y las finanzas. Los maestros y demás educadores. Los padres y las madres. Los esposos y las esposas. Los niños y las niñas. Sin hablar ya de los profesionales del arte y la cultura. ¡Comida!


    El poder corrompe, dicen. Parece ser cierto, aunque no creo que podamos llegar a tener una certeza absoluta de ello. Quizás el poder en sí no sea maligno, el problema está en cómo se aplica y para qué se desea tenerlo. Ejercer poder sobre uno mismo está muy bien; ayuda al individuo a superar sus límites, a ser más excelente, más bondadoso, más evolucionado, más sabio: poder sobre los bajos instintos; poder sobre el egoísmo propio; poder mental; poder corporal.


    El poder que tiene su génesis en la inseguridad y en la falta de amor probablemente sea maligno –piensen en el Nuevo Testamento y su mensaje de amor, y en los actos de la Iglesia Cristiana desde los albores de su existencia, y ¡tiemblen! – Y desgraciadamente éste es el caso del 99% de los seres humanos, que desde tiempos inmemoriales han recibido una espantosa educación de tiranía, maltrato y desprecio (corran todos a ver ‘La Cinta Blanca’ de Michael Haneke, o ‘Fanny y Alexander’ de Ingmar Bergman, o lean cualquier libro de la psicoanalista suiza Alice Miller).


Pero el poder que nace desde el respeto profundo a uno mismo no puede más que generar crecimiento, belleza y evolución sabia, como el sol.


Vigílense, no descansen, y sean impíos con su hambre de poder. El buen poder, nunca crea ansiedad, adicción, ni empacho.





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Edita: Islamorada ediciones
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