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Diarios - El lenguaje de los pájaros

No muy a menudo encontramos un autor que nos proporcione momentos de lectura de un placer sereno y sosegado. No es frecuente descubrir escritores como Andrés Trapiello, que lo consigue con cada línea de sus libros. De él se ha dicho que es un buen novelista, ensayista y poeta; no en vano atesora premios como el Nadal o el Nacional de Crítica que así lo acreditan. Sin embargo, y acaso a su pesar, parece que la cima de su literatura la obtiene de un género menor, el de los diarios, publicados por Pre-Textos bajo el título genérico de Salón de pasos perdidos, que estos días celebran su vigésimo aniversario desde que en 1990 apareciera su primer volumen.


Troppo vero pertenece a esta colección de diarios de Trapiello, de la cual hace el número dieciséis, el último hasta la fecha. En ellos, el autor retrata una rutina humilde, la del escritor encerrado día tras día en su piso del centro de Madrid, trabajando incansable, volcado en sus escritos, hilvanando pensamientos y palabras que nacen entre las sombras y el vacío de cuatro paredes blancas y solitarias, tapizadas de libros viejos. Una rutina que, como todas las rutinas, está carente de sucesos extraordinarios. Es más, lo que relata Trapiello en sus diarios son retazos de una vida gris y a veces insípida en apariencia, de eterno escritor de culto que nunca acaba de despegar, bañada por una fina película de desengaño y autocompasión, de tristeza y felicidad austera al mismo tiempo.


Lo extraordinario es que Trapiello esboza esta vida rutinaria con un esmero sin ambages, cargado de un spleen tan doloroso como balsámico para el lector, que siente que esa existencia plomiza que se describe es como la de uno. Leer Troppo vero provoca esa extraña sensación benéfica, la de reconocer a quién sostiene la pluma detrás de las palabras, que no es más que un fiel reflejo de nosotros mismos aferrándonos al triste consuelo de no encontrarnos solos. Resulta imposible, a poco que se sea sensible a la buena literatura, que la lectura de estos diarios deje a nadie indiferente, porque la belleza se puede expresar con más adornos, pero no mucho mejor de como lo hace Trapiello. Es la lírica de los tiempos muertos, de los paseos por el bulevar, de ver las gotas de lluvia rodar por el cristal de la ventana, de esas horas interminables de los días en los que no pasa gran cosa, días vacíos que en sí mismos no son nada, pero que plasmados en el papel unos seguidos de los otros van conformando eso que él mismo llama vida, una novela en marcha.


Si por algo se caracterizan estos diarios es por el uso de las X para designar a los personajes conocidos que se cuelan por sus páginas en lugar de escribir su nombre completo. Bajo esta coartada, Trapiello habla abiertamente de su escasa y siempre reticente vida literaria con una franqueza que, por serlo demasiado, molesta en las más de las ocasiones a las personas aludidas, en su mayoría escritores. Este recurso velado le ha valido no pocas críticas al hilo de estos veinte años, y cabe imaginar que le habrá supuesto otros tantos obstáculos en su carrera literaria. Es inevitable pensar que la publicación de estos diarios le haya cerrado puertas en el mundo de la literatura, y el lector a veces llega a plantearse si en verdad merece la pena el sacrificio, pero ni el propio Trapiello, después de dieciséis volúmenes y miles de páginas escritas, parece capaz de darse una respuesta válida al plantearse la cuestión, pues simplemente acude al diario por necesidad, en busca de refugio cuando la vida, de tan abrumadora, no alcanza a expresar la propia vida.


En ocasiones, a lo largo del libro, el autor nos sorprende con confesiones verdaderamente sinceras, pero devastadoras por el dolor que de ellas emana, capaces de traspasar las páginas del libro y helarnos el corazón. No tiene por qué hablar de grandes cosas, pero su tono reflexivo, no exento de cierto cinismo, dulce, casi hipnotizador, y su estilo, sencillo y sutil, afianzado en la contemplación, tejido en los silencios, posee esa rara capacidad de prestar atención al ruido del mundo, de ver lo que normalmente escapa al ojo descuidado y distraído por el velo de lo mundano, como quien entiende el lenguaje de los pájaros, y de separar sus frecuencias, modulándolas, amplificando las que nadie más escucha hasta hacerlas audibles. Estaba en lo cierto aquél que decía que a un escritor le basta con tener vista y oído. Ése es el secreto de los poetas. Hay a quienes la naturaleza no concedió esos talentos y, pese a todo, se dedican a la literatura. Sin más remedio que tratar de ocultar sus carencias, porfían por envolver sus escritos en la farfolla que conforma el ensordecedor ruido del mundo, contribuyendo así a cubrir aún más esas frecuencias amortiguadas y secretas, ultrasónicas, y con ellas a quienes son capaces, como Trapiello, de descubrirlas, comprenderlas y contarlas.

(www.avuelapluma.com)




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Edita: Islamorada ediciones
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