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Crítica - La vagina de la unicornia

En una reciente viñeta de Forges, al que alguien debía concederle ya el título de chistoso oficial de lo políticamente correcto, un joven progre que sale de ver una exposición de arte contemporáneo le comenta a su acompañante: “Lo que no entiendo es lo del piano en la vagina de la unicornia…”, a lo que ella, igualmente progre, aunque un tanto más glamourosa, le responde: “Cuidado que te cuesta captar la sutilidad del conceptual-gilipollismo”. El chiste refleja, por una parte, la inabordable profesión de fe en que ha devenido el Arte para ese segmento de las clases medias que han encontrado su religión en la Cultura, pero esa misma condición de chiste revela, a su vez, una actitud, cada vez más extendida, de displicencia e incredulidad, si no de franco desprecio hacia las propuestas a través de las que se materializa.


Ya no resulta infrecuente toparse en la prensa, aunque ciertamente nunca en las páginas dedicadas a la crítica de arte, con comentarios y artículos que abundan en una descarada, cuando no descarnada ridiculización de alguna de las extravagancias con las que regularmente nos ofrendan los fantoches más consagrados de las artes de nuestro tiempo. Tampoco resulta insólito encontrarse en los espacios sacramentales habilitados para la devocionalidad estética y cultural con la súbita irrupción de una risa descreída, iconoclasta y displicente que se complace en el ejercicio no siempre bárbaro de la blasfemia. Esa risa no es ya, como pudo serlo en tiempos de Ortega, el reconocimiento más o menos sinuoso de una incapacidad para entender el sentido del objeto que se tiene delante, sino precisamente la expresión de desprecio que siente la razón ante la pretenciosidad con la que a veces se presenta aquello que carece de nada que comprender. No es sólo que, como ya vaticinara Walter Benjamin, el aura de la obra de arte haya desaparecido, sino que el propio arte, como actividad visionaria y sacramental, según las creencias que impuso la mitología romántica, ha perdido toda credibilidad.


Un ejemplo bastante representativo de esta corriente de opinión que no se reprime en manifestar la evidencia de que el rey no sólo está desnudo, sino que se ha convertido a todos los efectos en un menesteroso mendigo, lo constituye el libro de José Javier Esparza Los ochos pecados capitales del arte contemporáneo; y ello, tanto por el hecho de atreverse a exponer sin contemplaciones las reticencias (pecados los llama el autor) que le suscitan las manifestaciones artísticas de nuestro tiempo, como por hacerlo desde unas posiciones ideológicas que acaban, en el fondo, abrevando en la misma mitología que da origen a lo que dice combatir. Esparza, según se nos ilustra en la contraportada, es un periodista y escritor que lleva más de veinte años dedicado al estudio y la crítica de la cultura. De tales circunstancias se derivan las dos principales virtualidades que, en mi opinión, adornan a esta obra: la claridad con la que están expuestos los puntos de vista sobre el tema y la dimensión divulgativa que adquieren algunos de los problemas filosóficos que ocasionalmente aparecen a lo largo del ensayo.


El problema, sin embargo, es que para confrontarse con unas determinadas problemáticas históricas y culturales resulta imprescindible disponer de una serie de recursos de los que el autor desgraciadamente carece. A Esparza, por ejemplo, se le nota en exceso su falta de formación filosófica, lo que no resultaría demasiado estridente si se hubiera limitado a hacer lo que se promete en la contraportada del libro: una crítica más o menos periodística de un cierto aspecto de la cultura. El autor, por el contrario, se empeña en conjugar una serie de declinaciones de carácter estético y metafísico que están decididamente fuera de su alcance. Afirmaciones tales como: “desde Kant sabemos que el lugar del arte no es tanto lo bello como lo sublime, es decir, aquello que habita en continentes alejados de la razón consciente y sus normativas”, o empecinarse a adscribir a Heidegger la pregunta leibciana de por qué el ser y no más bien la nada, revela cuanto menos un desconocimiento preocupante no sólo de los autores a los recurre, sino de los problemas filosóficos que dan origen al estado de las cosas que pretende analizar.


Las consecuencias que de ello se derivan son simplemente deletéreas: no es que el autor reúna una serie de rasgos más o menos significativos de la creatividad artística contemporánea, combinando, sin mayor rigor ni concordancia, lo verdaderamente capital con lo meramente venial; tampoco que pueda detectarse un sorprendente desconocimiento de las tendencias predominantes en las artes de nuestro tiempo (tomar el arte abstracto como paradigma de la creación contemporánea es como considerar las pinturas de Altamira el ejemplo supremo de las nuevas tecnologías), sino que ya el punto de partida se sostiene sobre una serie de presupuestos ideológicos aceptados acríticamente.


Un ejemplo muy significativo de ello es el capítulo dedicado a la televisión. La propia pregunta sobre si la televisión puede ser una forma de arte viene a poner de manifiesto el inveterado prejuicio de que el arte, más que decidirse empíricamente en virtud de un cierto de grado de excelencia creativa, es algo que se corresponde unívoca y esencialmente a un conjunto de actividades convencionalmente consideradas como tales. Desde tales premisas, la mayor parte de las obras que el autor critica serán “obras de arte”, por más insignificantes que puedan resultar desde cualquier punto de vista, mientras que los Simpson, por ejemplo, alcanzará como mucho la consideración de buen producto televisivo.


En realidad, el libro de Esparza más que sobre arte versa sobre teología: el estado catatónico de las prácticas “artísticas” (entendiendo por tales lo que tradicionalmente se ha entendido por tales) de nuestra época se convierte en un mero pretexto para poner de manifiesto, no se sabe si de forma más bien inconsciente, una nostalgia, muy sintomática desde un punto de vista sociológico, de la presencia de Dios, aunque ésta se exprese a través de un cierto horror frente al nihilismo, que es la forma en que las almas metafísicas (valga la redundancia) ha denominado desde el siglo XIX a la aterradora desnudez de la realidad. El rechazo del arte contemporáneo se efectúa desde el escándalo que suscita la añoranza del Gran Arte, igual que horror ante el “nihilismo” moderno no es sino la expresión de la pesadumbre por la huída de Dios. Tal es el pecado capital del autor, y en él lleva su propia penitencia.





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Edita: Islamorada ediciones
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