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Álvaro Galán - El poeta que no quiso ser maldito





“Escribí mi primer poema con 12 años. Era horrible. Debería ser destruido si alguien lo encuentra”


“El poeta tiene que ser capaz de meterse en la piel de cualquier cosa: de un pájaro, de una piedra, de un tanque militar o de un terrorista suicida”


He quedado con el poeta Álvaro Galán (Málaga, 1979) en Maximiliam, un bistrot de la calle Santiago donde, además de buena comida, de inspiración francesa, sirven los mejores gintonics de Madrid. Un terrible atasco, agravado por la interminable lluvia con la que ha arrancado este año 2010 (un año, siento decirlo, que en España se presenta sombrío y tristísimo), me impide llegar a tiempo.


Galán me espera sentado. Se ha afeitado la barba pero mantiene un bigote oneroso. Bebe una cerveza Mahou y hojea un libro en francés del poeta árabe Abu Nuwas: Le vin, le vent, la vie (El vino, el viento y la vida). Me cuenta que está feliz porque el ayuntamiento de su ciudad natal ha decidido publicarle su última obra, El Cuerpo Eléctrico. La canción de amor de Paolo Cinelli, “un poemario a base de fragmentos en el que desmenuzo la historia de un amor imposible, de un amor acabado”.


-¿Malos tiempos para lírica?- le pregunto sin temor a caer en el tópico.


-Siempre han sido malos- responde mirándome a los ojos con afabilidad. -No me parece que el mundo vaya a peor pero, desde luego, tampoco va a mejor. Existe un progreso técnico, eso es cierto, pero no existe un progreso espiritual. Abordamos igual las cosas importantes que hace 2.500 años.


-Pero estamos en un periodo de crisis y decadencia. Vivimos en la sociedad de los centros comerciales, del botox y de la esquizofrenia urbana- añado (saltándome, una vez más, todo lo que me enseñaron en la facultad de periodismo).


-Bueno, claro, existen altibajos. Puede que estemos tocando fondo y después, seguramente, la cosa irá a mejor. Pero eso no significa que el mundo realmente progrese.


Los hombres, sobre todo los que no han anulado su instinto de supervivencia, se acaban cansando de (casi) todas las cosas. Álvaro Galán se cansó de los excesos de su vida en Madrid, hizo las maletas y se fue a París hace tres años, donde imparte clases de Civilización Latinoamericana en la emblemática Universidad de Nanterre, cuna de las protestas de Mayo del 68.


-Tú vida ha dado un giro importante. En Madrid vivías rápido, de forma desproporcionada, yo diría que autodestructiva. Pero ahora das clases y, lo que es más importante, tienes mujer y una hija de cinco meses. ¿Esto se refleja en tu obra?


- Absolutamente. Mi obra ha evolucionado y en mi último libro incluso le dedico una serie de poemas a la familia. Y miro el pasado sin nostalgia. Por otro lado, aunque por fin he conocido la tranquilidad, sigo teniendo un concepto trágico de la existencia.


- ¿No has sentido miedo por las consecuencias (creativas y no creativas) de dejar de ser un “escritor maldito”?


-Sí, he sentido cierto temor por cómo podían influir estos cambios. Pero lo cierto es que sigo escribiendo regularmente. Creo que el malditismo es un concepto más complejo y que no podemos limitarlo a las drogas o a la mala vida… En todo caso, soy un tipo de lo más normal y paso del malditismo.


La obra de Galán transita por un paisaje mediterráneo y un hedonismo culto en el que se armonizan elementos que a veces llegan a ser antagónicos: la afirmación de la vida frente a un pesimismo que pretende ser estoico pero no lo logra; la explotación de elementos históricos que irremediablemente desembocan en la ficción; la honestidad frente a la cáustica; la castidad frente al vicio; lo espiritual o religioso frente a lo voluptuoso.



-¿Cuándo escribiste tu primer poema?


-Con 12 años. Era un poema de amor horrible. Debería ser destruido si alguien lo encuentra.


Esos primeros versos, inocentes, que el poeta desearía destruir si se descubrieran en esa habitación suya que miraba al mar por encima del hombro, fueron escritos en 1990. Diez años más tarde, en 2002, Galán recibió el premio MálagaCrea. Mientras descorchamos una botella de Marqués de Murrieta, me explica los mecanismos que le llevan a escribir. “Para mí la poesía no es un oficio pero tampoco es una vocación. Sé que para otros escritores puede serlo pero en mí caso se trata de una necesidad, de una pulsión. Si la metáfora no fuera tan vulgar, lo compararía con una droga, porque cuando no escribo siento cierto síndrome de abstinencia”.


La botella se va vaciando a una velocidad de vértigo y por fin nos han traído, menos mal, una ensalada de foie y dos platos con carne de caza. De repente, ya no hace falta hacerle preguntas. Galán se ha arrancado y ahora habla, muy animado, sobre la intertextualidad. “Para mí el poeta es siempre un intérprete y un hereje. En toda obra de arte auténtica hay algo de tradición y algo de adición. El arte es un plagio”, me dice, con cierto afán de polémica.


-¿Y dónde encuentras tus principales referencias?


-Bertolt Brecht nació el mismo que yo y mi madre nació el día que murió Molière, así que habrá que mencionarlos. [Risas]. Además, no sé, hay muchos, pero si tengo que nombrar a algunos te diría Cavafis, Aloysius Bertrand (inventor del poema en prosa), Baudelaire, Claudio Rodríguez, Valente, Cernuda, Cortázar, Kafka, Camus, etc. También hay músicos que han sido y son muy importantes para mí.


-¿Quiénes?


-Fundamentalmente Nick Cave y Léo Ferré. De Cave me encanta cómo se recrea en la ficción. El poeta tiene que ser capaz de meterse en la piel de cualquier cosa, de un pájaro, de una piedra, de un tanque militar en 3D o de un terrorista suicida.


- ¿Y de Ferré?


- Ferré es para mí un padre artístico. Con sus discos descubrí a Baudelaire, a Aragon y a Rimbaud. A estos poetas primero les escuché a través de Ferré y después les leí.


La camarera se acerca a preguntarnos qué tal todo. Es italiana, estudia psicología y lleva un vestido de flores corto, muy corto, tanto que nos hace perder por completo el hilo de la conversación. Posiblemente es el vestido, o lo que se esconde debajo, lo que me lleva a preguntarle al poeta por otro de los elementos clave de su obra, el sexo. “El erotismo decadente y sus variantes es uno de los temas fundamentales y está muy presente en mi poesía. Se trata de un erotismo a veces pornográfico y otras ideal y, lógicamente, más sutil. A este respecto solo puedo añadir que siempre fui un retentivo anal”, me dice, entre risas, a la vez que enciende un cigarro.


[Selección de poemas de El cuerpo Eléctrico, Canción de amor de Paolo Cinelli, de Álvaro Galán, que editará próximamente la Colección Monosabio del Ayuntamiento de Málaga]


El tragaluz


Lo hondo viene desde arriba,


dejándose caer,


profundamente,


bajo las sábanas blancas.


Cómo tu piel es sima de la altura


y tus ojos reflejan, al cerrarse,


la evidencia sombría de la duda.


Sin título


Cae la tarde, azufre premedita


sobre mi frente amarilla de soldado:


Acaso no estoy muerto todavía,


tal vez mi mano una palabra deba


a este papel desdoblado de tus ojos,


a la paloma genuflexa aquí en la mesa,


acaso un verso de bandera blanca.


Por dios, por dios que aún estoy vivo,


atrincherado en lo más hondo de mi vaso,


fumándome el fusil AK-47,


y lentamente el plomo entra en mi pecho…


Impresión de la ciudad. París.


La ciudad grande, el corazón pequeño.


Nunca cupo el mundo en tu mirada,


pero tanta fue la luz…


Era una luz lluviosamente extraña,


alicaída, distinta de otras alas,


dolorosa


como el agua en las aceras. Una sombra.


Era una sombra otoñal, luz desvaída,


era la luz de una sombra cabizbaja


cruzando el bulevar.


Eran las manos de dios en los bolsillos,


eran las suelas gastadas de la tarde


dejándose llevar.


En los jardines


la noche es la ilusión de estar disuelto


en el designio de huir.


El zambullidor


Y al irse a fondo


el alma me zambulle


en la sombra tan leve de Paesto.


En la luz tan profunda de las aguas


psicodélficas formas,


faunas del evento.


Lucía en Thíra


He contemplado el cíclope horizonte


de tu mirada redonda y transparente.


Has sonreído atardeciendo cada tarde,


adelgazando la luna, entre las rocas


he desleído tu melena con la noche


en las rizadas negruras de la espuma.


Hemos amado juntos cada cosa


que la corriente traía a nuestra orilla.


Cada caricia o estrella ha sido nuestra,


reflujo y pleamar, todos los vientos


que nos unieron y habrán de separarnos


han sido nuestros, volcán, sueño de lava,


el cielo raso y la sombra de tus manos


sobrevolando mi espalda, blancas nubes,


nubes tenues como pájaros dormidos.


Hemos gozado juntos cada instante


cegados de esta luz, ebrios de aurora


hemos bebido juntos cada copa.


Has recorrido esta isla, estabas sola


y te he besado la mano, estaba solo.



Por Pablo Blázques






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