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JAZZ, MÚSICA NEGRA Y CULTURA DE MASAS

“Una diferencia fundamental entre el arte popular y el serio es que el primero le da a la sociedad lo que quiere y el segundo lo que necesita”. Estas palabras del escritor Gary Giddins en su biografía sobre Charlie Parker dimensionan en su justa medida el legado del gran saxofonista y la intención de este artículo. Entre 1958 y 1973, Blue Note produciría obras de vanguardia a la vez que abonaría el germen de una creación musical (R&B, funky, hard bop, jazz modal, souljazz) y artística (diseño gráfico en carátulas y contraportadas) en armonía con los cambios estéticos y sociales de una clase media afroamericana emergente, con mayor peso en los estamentos políticos y económicos de su sociedad. En su vasto catálogo cobran especial significado los pilares del movimiento funk y la música popular de los 70. En este intervalo temporal que señalamos, la raza negra, no sin dejar mártires en la lucha por los derechos civiles, hacía progresos en esferas sociales hechas sólo para blancos, como el cine y la televisión: un protagonismo que queda perfectamente reflejado en la pantalla con Adivina quién viene esta noche a cenar, 1967, y en la figura de Nat King Cole, quien ya participó como actor en Blue Gardenia (1953), de Fritz Lang, y había presentado espacios radiofónicos y televisivos para la NBC. El fenómeno de masas de los Beatles (llegan en 1964 a EE.UU) y el auge del pop artístico van paralelos, aunque muy distanciados, del arte de protesta del jazz (sobre todo en la militancia del free jazz). El equilibrio que sustentaba la identidad de esta música popular hasta el inicio del hard bop (tenía aún esta condición como fenómeno de masas con el cool) entra en crisis por un contexto creativo y social repleto de encrucijadas: una, la diversidad de corrientes arrastrada desde los años 50; dos, el avance lingüístico “radical” traído por el free y la “new thing”; tres, el inicio de la aventura eléctrica de Miles Davis en Bitches Brew a finales de los 60.


La unión de cultura blanca y negra tendría lecturas distintas en la música. Las bandas sonoras de Mancini, Schifrin o Barry, la bossa nova (refinado y blanco estilo carioca que nació del sincretismo racial entre samba y cool jazz) y el exotismo de postal de Mantovani, Esquivel y Baxter habían alimentado la lounge music, estéticas todas ellas antagónicas del fenómeno posterior de la Blaxploitation. La música negra, al margen del free jazz y el avantgarde, daría una réplica popular a esa coctelera de tendencias desde la tradición del blues (Ray Charles, James Brown) y desde Blue Note. A mediados de los sesenta, la combinación íntima de guitarra eléctrica y Hammond B3, ya incorporados en los cuarenta y en los cincuenta en el jazz, en el rhythm & blues y el gospel (que se desplaza desde los púlpitos al soul), se materializa sembrando los modos del proto-funk. El órgano de jazz (que sale de las iglesias) pasa del toque pianístico (Fats Waller) y la plegaria colectiva a la secularización burbujeante y placentera (Jimmy Smith). La guitarra eléctrica le acompaña en ese viaje (Grant Green). Los saxos se abren a melodías pegadizas en un swing adaptado a los tiempos (Lou Donaldson y Wayne Shorter anuncian a Maceo Parker). Se incorporan instrumentos como el vibráfono, no desde el planteamiento culto del Modern Jazz Quartet, sino más bien como un detalle armónico inmerso en un groove (término importante hoy aglutinador de estilos) sofisticado. La polirritmia se hace más sencilla, aun cuando sigue dentro de un esquema modal matizado por el rock y con arreglos para cuerdas y metales en pequeño formato, inspirados por los que firmaba Gil Evans para orquesta.


Entre el blues y el jazz eléctrico


Aunque nunca perdieron su amistad y siguieron colaborando, puntualmente, hasta bien entrada la década de los 80, el Miles Davis de finales de los 60 afrontaba un sonido y unos modos improvisatorios que no casaban bien con los exquisitos arreglos de Gil Evans. Miles, entonces, estaba más cerca de los planteamientos y las actitudes del rock de Sly Stone y Jimi Hendrix (por cierto, Gil Evans grabaría un disco orquestando temas del célebre guitarrista). Ellos y otros muchos construyeron el puente entre música minoritaria y masiva que llegaría con el jazz-fusion. Rastreando en el catálogo de Blue Note (Horace Silver, Duke Pearson, Herbie Hancock, Wayne Shorter, Bobby Hutcherson, Joe Henderson, Hank Mobley Jimmy Smith, Donald Byrd, Gene Harris, Reuben Wilson, Bobbi Humphrey…), como decíamos al comienzo, se puede hacer una radiografía de esta época de sofisticación sonora, de cruce de caminos y amplitud de públicos que apunta, entre las demás variantes expresivas (también grababan en Blue Note Cecil Taylor, Andrew Hill, Sonny Rollins y Art Blakey), hacia a un periodo transitorio que antecede el nacimiento del soul jazz y del funk. Atrás quedan el blues, el gospel y el jazz como lo conocíamos. Ahora estos géneros casi centenarios, ya muy evolucionados, toman impulso desde el swing. A modo de resumen cronológico, mientras se implanta la revolución del bebop, del viejo swing parte el R&B de finales de los 40, de éste se llega al rock & roll en los 50. El jazz se expande en la diversificación acontecida, y ya descrita, durante los 50 y 60. Llegados los 70, el terreno queda expuesto social y musicalmente en los 70 para la eclosión del soul, el funk, el jazz sicodélico traído por Miles y los suyos (Herbie Hancock y sus Headhunters, entre otros) y la música disco vía Motown (Steve Wonder).


Como fenómeno iconográfico recuperado, ligado intrínsecamente a los sonidos de los Isaac Hayes, Rufus Thomas o Curtis Mayfield, la Blaxploitation, género cinematográfico de suburbios y detectives (Shaft), fue quizá la respuesta de la cultura y la música negra al pop desde el funk sicodélico. Su estética se desenvolvía en un contexto suburbial militante y callejero, alejado del mundo blanco. La actualidad de este caleidoscópico panorama alrededor del funk, de sonidos nacidos de la música popular negra, sin ninguna pretensión por ser o no alta cultura (tan blanca ella) significan, en los últimos años de esta década, el más importante adversario de la música electrónica de baile. Su alta calidad (tanto instrumental como vocal) y su capacidad de seducción (alimentadas por un formato instrumental que puede ir del típico trío de órgano Hammond, guitarra y batería de Jimmy Smith hasta la nutrida sección de metales de ese mito recién desaparecido llamado James Brown) tienen un potencial difícilmente superable. La variedad de épocas que engloba personalidades y procedencias dan lugar a un songbook de género y ritmos (bajo el término genérico groove) absolutamente únicos.


El jazz nunca ha dejado de alimentarse y de introducir ritmos funky que acaso tuvieron en él, en el solapamiento de las distintas etapas evolutivas, su génesis.


Por Jesús Gonzalo


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Edita: Islamorada ediciones
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