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La brocha prodigiosa

Reflexionar sobre mi trabajo en la pintura de los últimos años va irremediablemente asociado a relatar ciertas experiencias con el entorno, ya sea éste cercano en lo que se refiere a lo más íntimo y personal, así como los acontecimientos a los que nos vemos abocados el conjunto de la sociedad. Desde esta perspectiva me tendría que remitir a los escenarios que me acogieron en tiempos de estío y que desde el más profundo hastío me forzaron a dibujar aquello que tenía ante mis ojos. En un primer momento sería la soledad de un jardín en el que la única compañía de las nubes me ayudó a establecer los puntos cardinales de un nihilismo que me tenía completamente atenazado.


 


Esas primeras acuarelas, que apenas pintaban nada, cumplieron el objetivo de posicionarme ante el mundo; el ojo se puso en marcha, se puso a mirar y así empecé a tomar cierta distancia con el objeto de la pintura. La pintura ya no dependía sólo de mí, sino que era una cuestión del mundo, el compromiso era compartido con el exterior a través de un ojo común. Esto, sin duda, me ponía en una situación de objetividad al querer captar la realidad tal y como ese ojo común me la traía a la mano.


 


Ese jardín me sirvió de plataforma en el que situar un mundo real, y así poder compartir la pintura con ese afuera ya habitado por todos. Las personas más cercanas empezaron a habitar mis cuadernos de dibujo, lo que ha ido configurando una amplia galería de retratos, pero el retrato surgido desde una necesidad interior cómplice con esa realidad exterior. El gesto puramente abstracto se solapa en la figura que procura el personaje, que como un huésped se aloja en la pintura. El paisaje abstracto de la acción de pintar es sustituido mediante la representación de lo real por un corpus figurativo que se extiende hasta los bordes del cuadro. La atención ahora es doble, la del gesto pictórico que construye la gramática de la pintura, y la del tema que allí subyace. Ahora es el tema el que impulsa a pintar, si el tema fracasa la pintura también. De esta manera tenemos a la creación más controlada, no todo vale. El tema nos tiene que traer un nuevo gesto, una nueva pintura, ambos se deben solapar perfectamente para que esto se produzca.


 


Las cosas del mundo son nuestras propias cosas, así que cuando las pintamos, lo debemos hacer como si nos pintáramos a nosotros mismos.


 


Intensidad sin patetismo, sin un afán retórico de enunciación para intentar construir nuevas estrategias de la imagen pictórica a partir de la figura humana como parte sustancial de la forma. Construir imágenes a partir de la manipulación de otras imágenes o actuando directamente sobre los modelos reales creando un relato histórico de lo cotidiano, secuenciando la pintura al ritmo de la vida. Imágenes de lo real que nos sujetan a la vida, y que huyen del impacto “pop” propio de su medio, para defender más bien una densidad propia de la obra pictórica frente a la porosidad y caducidad de las imágenes mediáticas. Ir más allá del posmodernismo deconstructivo, o del manierismo de series anteriores, partiendo de la base que maneja una tradición consolidada que recupera cierta pasión por la pintura, decantando el fluido pictórico de sus impurezas formalistas, procurando esa inmediatez en el espectador tan poco frecuente en el arte llamado contemporáneo.


 


Dejar atrás la especulación pictórica de la abstracción, la pintura/pintura, para dejar que fluya en la pintura el relato, la alegoría... en una actividad que forma parte de una cadena que está ligada al pasado, al depósito de las experiencias del arte y el pensamiento. Lo nuevo es un valor intrínseco a la acción de pintar. La vieja pintura me procura la posibilidad de pensar la realidad desde la expresión, sintetizándola en el cuadro que se abre como una escenografía, plataforma en la que habitar.


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Edita: Islamorada ediciones
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